SOS, me quiero suicidar: el Teléfono de la Esperanza vuelve a estar de moda

La ONG dedicada al auxilio psicológico, en el imaginario colectivo desde los años setenta, aumenta su actividad durante los años de la crisis y atiende a casi 100.000 personas cada año

La mujer entró al despacho. Su marido se quedó fuera, en la salita de espera. La señora, de unos 45 años, se sentó frente a Pedro Ortega y sacó un cuchillo de la chaqueta. Amenazó con clavárselo a sí misma, aunque después se derrumbó y rompió a llorar. A los 45 minutos estaba abrazada a Ortega, colaborador desde hace 34 años del Teléfono de la Esperanza, y a su marido, que había abandonado la retaguardia. «Hoy está viva», sentencia con la conciencia del trabajo bien hecho este hombre de avanzada edad en el mismo despacho donde sucedió aquello. No es el único caso de suicida que se pone en contacto con la célebre línea de ayuda, fundada en 1971, y aún presente en el imaginario colectivo como el último recurso cuando ya no queda nadie más a quien implorar. No solo no parece que se pase de moda, sino que en los últimos años, desde 2008, ha aumentado el ritmo de actividad al tiempo que explotaba la crisis.

La última memoria de la asociación registra 93.681 llamadas de auxilio, 1.517 de ellas con temática de infligirse la muerte a uno mismo. Pero hoy el día es tranquilo. Los pájaros cantan en este extraño chalé con forma de torreón en medio de Madrid, escondido en una colonia a la izquierda del tráfico que conduce a la madrileña glorieta de Cuatro Caminos, en pleno centro. Sara, psicóloga de 26 años y voluntaria, está metida en un pequeño despacho y se suena los mocos junto a un radiador eléctrico. Está resfriada. “Sobre todo llaman mujeres mayores que se sienten solas”, cuenta. El 66% de quienes se ponen en contacto con esta asociación es de sexo femenino. Por supuesto, Sara no cobra, pero no se le ha pasado por la cabeza abandonar su turno aunque esté tiritando y después tenga que ir a su trabajo remunerado por la tarde.

Si los orientadores ven necesidad de profundizar más allá del consuelo inmediato, citan a la gente para que vaya a terapia

Ella rellena una ficha con los datos de estas personas, y según la naturaleza de la llamada actúa de un modo u otro. “Si son casos de suicidio inminente o si ya han ingerido pastillas u otros tóxicos, llamo inmediatamente al 112”, explica. Pero no es lo frecuente, aunque el año pasado hubo 32 situaciones de urgencia extrema. Lo normal, como ahora que suena el ring en el pequeño habitáculo, es que sea gente triste. Muy triste. A veces esas llamadas, si se advierte algún tipo de necesidad de profundizar más allá del consuelo inmediato, se convierten en una cita para asistir a las terapias individuales y presenciales. Otras, simplemente, en unos minutos de alivio y desahogo con alguien entrenado para escuchar.

En la habitación de al lado, más amplia, se está celebrando un curso. Lo imparte otra psicóloga, esta contratada. Hay unas 10 personas sentadas en círculo a su alrededor. Aprenden “a conocerse”, revela José María Jiménez, vicepresidente de la organización en toda España. Es un hombre mayor, catedrático de Filosofía, que comenzó su tarea aquí hace 30 años. A su lado, un corcho alberga los horarios y la distribución de los turnos. También una nota en la que se avisa de que llamará la guardia civil por un caso y hay que atenderles. Estas personas pasarán por varias fases de casi una decena de sesiones antes de que se considere que están en disposición de ayudar a los demás. El año pasado, más de 3.000 individuos hicieron estos cursillos.

​24 horas, 365 días

La asociación fue fundada en 1971 por Serafín Madrid y alcanzó el rango de utilidad pública un año después. Desde entonces, se financia gracias a lo que les «toca del IRPF” y a las aportaciones y donativos. Las personas que acuden “no pagan ni un euro”, pero se les facilitan unos folletos para hacerse socios. La aportación anual mínima es de 50 euros. También han recibido dinero de fundaciones como la de La Caixa, como advierte un cartel a la entrada de la casa. En total, tienen más de 6.000 donantes.

Con los años de la crisis, sus actividades se han incrementado. Las memorias de estos años arrojan cifras abultadísimas de personas que han pedido auxilio psicológico. Fernando lleva tres años atendiendo esta clase de SOS. Él fue uno de los que antes hicieron un cursillo “para aprender a ayudar”. Los teléfonos nunca están desatendidos. Esta y las otras 32 filiales repartidas por toda España están operativas las 24 horas del día los 365 días del año. Un planillo con “los turnos de guardias” atestigua cómo se reparten la tarea. Nada se improvisa. En España, las cifras de suicidio han aumentado en los últimos años y ya se habla desde organizaciones como la OMS de «epidemia silenciosa». Es la segunda causa de muerte, en general, entre los jóvenes, y la primera no natural en cualquier grupo de edad.

Hace no mucho, otro hombre desesperado blandió una navaja en la consulta mientras gritaba que se iba a quitar la vida

La atención presencial es más rara. Aunque cada mañana un terapeuta voluntario acude al caserón. Los lunes es el turno de Pedro Ortega, que en estos años ha auxiliado a 5.216 personas. Cada uno con una historia diferente, pero todas con un rasgo en común: ya no podían más. La anécdota del cuchillo no es la única que tiene Ortega con armas blancas. Hace no mucho, otro hombre blandió una navaja mientras gritaba que se iba a quitar la vida. «Claro que ha habido muchos casos de esa índole, pero no es el grueso del trabajo ni lo más importante, aunque sea lo más llamativo», apunta Jiménez, que prefiere poner el acento en la ayuda menos espectacular pero constante que se hace en el día a día.

Pero no todos los presentes en el local lidian con la angustia ajena. Al margen de los voluntarios, hay un administrativo y una mujer que se encarga de la limpieza. Ellos sí cobran. Aunque la estructura de esta ONG es muy pequeña en relación a la tarea que se han impuesto, a pesar de que cuentan con más de 1.000 orientadores telefónicos, 250 psicólogos, 32 abogados y 42 orientadores familiares en toda España. Un grupo de personas listas para que esa llamada no sea «la última llamada».

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