Suicidio, indicador doloroso de una vida social ausente

Ambrocio Mojardín Heráldez

09/12/2017 | 04:05 AM

@ambrociomojardi; amojardin@gmail.com

Pocos fenómenos de la vida social son tan dolorosos como el suicidio, más si es de jóvenes o de menores de edad. Resulta impensable que un niño, una niña o un adolescente llegue a quitarse la vida sin que a su alrededor haya habido alguien que lo detectara y lo impidiera.

Según las estadísticas de INEGI, en 2016, el suicidio fue la tercera causa de muerte en adolescentes mexicanos. Del total que se suicidan, alrededor de 5 personas por cada 100 mil habitantes, cerca del 20 por ciento son menores de 19 años.

¿Qué está pasando? ¿A qué nivel estamos llevando las relaciones interpersonales que dan lugar a semejantes descuidos? ¿Qué tipo de cosas nos entretienen que impiden que detectemos y atendamos a una persona con crisis extremas?

Por duro que parezca, es necesario reconocer que la convivencia que mantenemos en los diversos círculos que frecuentamos ha ido perdiendo cada vez más sustancia. Lo que hacemos en ellos se ha ido volviendo mecánico y ha ido dejando de producir sentimientos básicos como la consideración por el otro, el compromiso mutuo, o la solidaridad.

Resulta paradójico, pero ahora que hay muchos más recursos para estar comunicados con los jóvenes, parece que los conocemos y entendemos menos. La tecnología no parece acercarnos a ellos, más bien parece que nos aleja. Damos por hecho la cercanía gracias a la rapidez con que se da el contacto, pero olvidamos que en este solo enviamos mensajes cortos e ideas superficiales; nada que acerque de verdad.

De acuerdo con estudios de la UNAM, los factores de mayor riesgo para el suicidio en los adolescentes y jóvenes mexicanos tienen que ver con la calidad de vida social que sostienen y se pueden agrupar en cuatro áreas: características personales, características familiares, circunstancias fortuitas de la vida y medio ambiente social.

Entre las características personales, las de más influencia son la impulsividad, la dificultad para manejar las emociones y sus efectos y el aislamiento o la marginación del ambiente social. De las características familiares destacan: el estilo parental autoritario, la violencia interna, la comunicación deficiente y la presencia de drogas. Entre las características fortuitas de la vida se señalan las experiencias no planeadas y que provocan profundos estados depresivos como muerte de un ser querido, un accidente que provoca discapacidad, o una desilusión amorosa. Del medio ambiente social, lo de mayor peso es la violencia en forma de acoso, o la discriminación recurrente, que llevan a que la persona pierda la autoestima y caiga en la desesperanza.

Lo que los expertos de la UNAM dicen es que una vida social negativa y una formación personal deficiente terminan siendo la razón principal para que lleguen al suicidio. Los otros factores cuentan, pero no son tan determinantes si la persona vive con redes de apoyo social.

 El temperamento tiene determinación genética y ahí el medio social tiene efecto casi nulo, pero el resto de características de personalidad son producto del medio social y familiar en que vive el individuo. Si el medio es positivo, difícilmente la persona piensa en quitarse la vida.

La familia es un núcleo social por excelencia y dependiendo de cómo se viva en ella habrá razones para valorar la vida y enfrentarla en positivo. Las familias que ejercen estilos parentales democráticos, permiten la libre expresión y dan soporte a las inquietudes de las y los jóvenes son las que menos probabilidad de un evento suicida tienen.

Las escuelas, siendo espacios de interacción con muchas personas diferentes ofrecen oportunidad para el entrenamiento de habilidades socioemocionales, pero también para el conflicto y la insatisfacción. Las habilidades desarrolladas por los estudiantes y las dinámicas de inclusión que implemente son el mejor recurso para que se valoren de mejor forma y se reduzcan las probabilidades de desencanto y la tendencia suicida

En las escuelas, las profesoras y profesores deben poner más atención a sus alumnos como personas. Las dinámicas que en ellas se viven, deben estar reguladas por los valores que dan lugar y permiten el desarrollo de sus estudiantes.

Si todas estas circunstancias, o algunas de ellas, están presentes en el mundo de las y los adolescentes y los jóvenes, difícilmente desarrollarán pensamientos suicidas. Más bien, frente a dificultades graves o insatisfacciones persistentes, no faltará una persona que solo escuchando ayude a identificar una alternativa para un problema grave, o desestimule la presencia de decisiones negativas.

La sociedad tiene que poner más atención a la forma en que está conviviendo. Tenemos que reconocer que estar juntos no es convivir, que compartir información no es comunicarse, que resolver problemas no es estar bien; que las personas vivimos el mundo de manera diferente y que cada quien le da la interpretación que considera más adecuada, según su condición emocional; que lo que para una persona es insignificante, para otra puede ser insalvable; que tener con quien abordar hasta el más grave problema puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.

Es necesario comprender que para lograr bienestar es necesario formar parte de círculos donde el respaldo para los integrantes no queda en tela de duda, ni se condiciona. Especialmente si la persona enfrenta circunstancias que pueden llevarle a conclusiones que rebasan sus posibilidades y le hacen dudar de sí misma. No está tan difícil. Solo es cuestión de hacer conciencia y acompañarla con compromiso. ¿O usted qué opina?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *