El otro lado del suicidio: ¿cómo lo viven los terapeutas que no han podido impedirlo?

  • La falta de protocolos y de formación específica hace que las terapias contra ideaciones suicidas no sean siempre eficaces

  • Guillermo Fouce, psicólogo: «Hemos sacado a los pacientes de los centros psiquiátricos, pero faltan recursos asistenciales a domicilio y una red fuerte de salud mental»

  • Para evitar la fatiga por compasión y los sentimientos de culpa, los psicólogos tienen que trabajar con sus compañeros terapeutas

La muerte de Verónica Forqué ha conmocionado a la sociedad española, quizá porque no se podía sospechar que bajo la dulzura y aparente alegría de la actriz hubiera una ideación suicida. Poco a poco, el suicidio deja de ser un tabú y la salud mental comienza a tener el rango de problema nacional. Conocer los indicios que pueden conducir a ello es más necesario que nunca. Por el otro lado, por el de los profesionales, también hay mucho que avanzar. Asumir que un paciente se ha quitado la vida tiene consecuencias entre los que se dedican a la salud mental. Y cuando se mira el problema de manera global, surgen vacíos importantes, desde la carencia de protocolos específicos a la falta de una especialización entre los terapeutas. Hoy, nos ponemos en su piel.

¿Hay un protocolo anti-suicidio que pueda aplicarse en consulta?

«No, no lo hay. Se está estudiando ahora, pero falta mucho por hacer. Y, además hay muchos mitos dentro de la propia profesión a la hora de evaluar el suicidio; por ejemplo: no hablar de él, no creerse una amenaza, no tomar en serio algunas de las cosas que se dicen o no pensar que un hundimiento, una situación dura puede llevar al suicidio. Es el gran ausente, de lo que nunca se habla», afirma Guillermo Fouce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid, presidente de Psicología Sin Fronteras y coordinador de Salud y Consumo en el municipio madrileño de Getafe.

El problema, según este experto, es que no hay indicadores sencillos para determinar el grado de decisión del paciente. «El principal indicador es, precisamente, el intento de suicidio. Como promedio, por cada suicidio hay cuatro o cinco intentos previos, pero puede ser que esos intentos no se conozcan o que al primer intento se consiga», explica Fouce.

No hay soluciones mágicas para acertar en el diagnóstico de un posible suicida: «Se necesita afinar más en indicadores y se necesita tomar este tema en serio», señala el psicólogo. ¿Se requiere también una formación específica? «Sí, no es lo mismo una intervención general que una intervención en suicidios. Necesitamos profesionales que estén especializados en atención al suicidio y necesitamos también investigar los factores que determinan un posible suicidio. Y no hay indicadores claros, aunque ahora se está empezando a trabajar en ello».

¿Se puede obligar a los pacientes a ingresar en un centro?

Todos conocemos casos de personas que han permanecido ingresadas en un centro psiquiátrico por problemas mentales o tentativas de suicidios. ¿Es un recurso al alcance de la mano? «Se puede ingresar en un centro de manera voluntaria o involuntaria. Si es involuntaria es porque un psiquiatra determina que hay un riesgo para la salud de la persona y le incapacita. No es fácil hacer esto porque es vulnerar un derecho fundamental». 

La situación, por tanto, es que no es fácil que el paciente ingrese por su propia voluntad y que lograr la incapacitación del afectado es difícil. ¿A qué escenario nos lleva esta situación? «El problema de fondo es que en España se hizo una reforma psiquiátrica que consistía en sacar a la gente de las instituciones, que no estuvieran apartados de centros al margen del tiempo, lo que antes se llamaban los manicomios. Y eso está muy bien, pero si les sacas, tienes que tener una cobertura de asistencia domiciliaria y una red de atención en salud mental mucho más potente de lo que hoy se tiene. Lo que está ocurriendo hoy es que, en términos generales, el sostén de ese sufrimiento, de esa situación, lo están haciendo las familias, familias a veces sin los recursos suficientes, ni psicológicos ni sociales», asegura este psicólogo.

¿Los pacientes pueden engañar a sus terapeutas?

Las nuevas contenciones para impedir actos suicidas son las medicaciones. «Antes se ataba a los pacientes para que no atentaran contra sí mismos. Ahora se les medica. En el momento en el que alguien deja de medicarse entra en un parámetro de riesgo importante«, señala Fouce, que insiste en la dificultad de descifrar el grado de decisión o indecisión del paciente. «Si hay una ideación suicida es que la persona tiene voluntad de desaparecer y puede enmascarar su decisión. Una persona que quiere cometer suicidio presenta una actitud de ambivalencia ante la vida y la muerte. El suicidio es un llamamiento a la ayuda, pero, a veces, piden ayuda y otras quieren desaparecer de verdad. Esa ambivalencia se puede manejar en una entrevista, pero si el profesional no tiene la experiencia o no es un especialista es muy difícil que pueda detectarlo. Pero incluso a un especialista se le puede escapar. Esto no es un ciencia exacta. Los profesionales cometemos errores y si los pacientes quieren suicidarse de verdad es muy difícil detectarlo, salvo que el interesado lo diga».

La entrevista con el psicólogo es un método de indagación y exploración, pero no es infalible. «En las entrevistas preguntamos si se ha pensado en la muerte últimamente, por ejemplo. Si lo admite, hay que convencerle de que hay un problema, pero no tiene por qué reconocerlo».

¿Deben hacer terapia los terapeutas que no detecten un suicidio?

Por desgracia, los pacientes, incluso en tratamiento, pueden llegar a suicidarse. «No es fácil de detectar si están decididos a acabar con su vida porque, como te decía, son ambivalentes. Y si no hay una decisión por parte del paciente esa ambivalencia se va a mantener. Por eso, aunque esté en tratamiento, puede tener una acción suicida», explica Fouce.

Cuando esto ocurre, ¿los propios psicólogos deben acudir a terapia? «Claro que intervenimos porque esto genera un daño, genera un impacto. Has intentado hacer algo que no ha salido bien y hay un sentimiento de culpa. La intervención que hacemos es mostrar que la decisión final la toma la persona que se ha suicidado. El profesional ha intervenido hasta donde ha podido. Si una persona decide quitarse la vida, es una decisión suya. Tú estás ahí para tenderle la mano, para prestarle ayuda, para si detectas un riesgo, verbalizarlo y proponerle una ayuda, pero si la persona, conscientemente, se niega, no se puede ir mucho más allá», señala este psicólogo.

El duelo, la sensación de pena por la pérdida del paciente, no se vive como tal, pero sí hay que trabajar con los profesionales para que no asuman cargas extras. «En el ámbito de emergencias, en general, y del suicidio en particular hay que trabajar con los intervinientes para que no se sobrecarguen por las cosas que ven. Ven cosas muy duras, muy densas, y para que no acusen el burnt-out o lo que llamamos la fatiga de compasión, para que les siga importando lo que están haciendo tienen que vaciar el vaso. Hay sesiones de intervención con todos estos profesionales para que vuelquen sus emociones, para que trabajen sus emociones y sus sentimientos de culpabilidad, esto de «¿qué hubiese pasado si hubiese hecho otra cosa?»

uppers