Suicidio, la negra cifra que nadie quiere ver

Profesionales de la salud luchan por sacar a la luz una realidad que provoca el doble de muertes al año que los accidentes de tráfico

¿Drama individual o colectivo? Cada dos horas y media se quita la vida una persona en España. En la C. Valenciana hubo 399 muertos en 2018 por esta causa, pero no aparece en la agenda política ni se habla de su coste social y económico.

En 2018, último año del que se dispone de cifras globales, 3.539 personas se quitaron la vida en España en actos suicidas. Casi 10 personas al día; una cada dos horas y media. La cifra de intentos es mucho más elevada. Aún así, suponen el doble de los fallecidos en accidentes de tráfico (1.896) y 69 veces más que las mujeres asesinadas en crímenes machistas. En jóvenes de 15 a 19 años, constituye la primera causa de muerte, por detrás solo de los procesos oncológicos y muy por delante de los siniestros de tráfico. Sin embargo, las muertes por suicidio no abren telediarios, no consumen apenas recursos públicos y no protagonizan campañas en busca del objetivo cero. Así, el suicidio se ha vuelto invisible a los ojos de la sociedad. Es una realidad oculta que vive envuelta en el silencio, escoltada por el tabú y alimentada por la vergüenza.

 
 
 

La ceguera no es general. Desde hace más de una década, voces críticas del sector de la salud como médicos, psicólogos, pediatras o psiquiatras, los que más en contacto están con el antes y el después de un suicidio o de una tentativa, luchan por que toda la sociedad se coloque las gafas amarillas —el color internacionalmente adoptado para reivindicar las políticas de prevención de este drama doméstico de consecuencias colectivas— y vea el coste emocional, social y económico que provoca.

«Realmente ningún suicida quiere morir, lo único que busca es dejar de sufrir. Poder hablar sin juicios alivia esa carga»

En la C. Valenciana, ese 2018 se quitaron la vida 399 personas —101 mujeres y 298 hombres, el triple que ellas—. En accidentes de tráfico fallecieron 195. ¿Y qué ha hecho la Administración por erradicar esa situación? La Conselleria de Sanidad de Carmen Montón gestó y puso en marcha un Plan de Prevención del Suicidio. En 2016. Hasta entonces, ni siquiera existía, pero, ¿es suficiente?

«Como todo lo escrito está muy bien, los objetivos son buenos y la intención también, sin embargo, como siempre, de nada vale lo escrito si no se dota de recursos, humanos y económicos, suficientes. El Plan indica que una persona con riesgo suicida detectado por ejemplo en Atención Primaria por el propio médico debe ser derivado a los Servicios de Salud Mental para ser atendido en menos de 72 horas; esto no es suficiente. Esta primera premisa sí se puede cumplir, pero la atención que posteriormente van a necesitar estas personas no la cubre una sesión; conlleva un seguimiento, una intervención más intensiva y desgraciadamente nuestros servicios de Salud Mental están sobresaturados». Quien habla es el psicólogo clínico experto en intervenciones críticas Mariano Navarro, coordinador de Psicoemergencias CV. Trabaja en una unidad de salud mental pública y tiene además su propia consulta, donde atiende un grupo específico de suicidio, así que sabe de lo que habla.

«Hablar del suicidio salva vidas»

El doctor en Psicología es lo de los que defienden el efecto Papageno frente al de Werther (ver anexo). «Cuando los medios de comunicación centran sus historias en personas que han superado una crisis suicida describiendo las actitudes positivas que facilitaron la superación del problema, sin duda ayuda a que otras personas en grave riesgo suicida puedan replantearse este camino como única forma de finalización de su sufrimiento. Hay un poder terapéutico para persuadir al suicida y abrirle nuevos caminos de ayuda que deberían ser acompañados por profesionales especializados de la Psicología si la administración les dotara de recursos suficientes para tal fin», defiende Navarro.

 

La visibilización es, por tanto, el primer peldaño para la prevención. Eso, desde el punto de vista de la salud pública. Pero, ¿cómo detectar que eso está ocurriendo entre las paredes de nuestra propia casa? Y sobre todo, ¿cómo ayudar? «Hay un mito sobre el suicidio que dice que las personas que se quitan la vida no avisan. Esto no es cierto, siempre hay señales, más o menos perceptibles, más o menos claras. Cambios de comportamiento en un sentido u otro, acciones que pueden interpretarse como despedidas, comentarios que traslucen el sufrimiento acumulado y la desesperanza mantenida. El suicidio no es un acto impulsivo, siempre existe en la mayoría de los casos un proceso de maduración de la idea, un tiempo que desde el sufrimiento incontrolado empuja a la persona a creencias distorsionadas de su realidad en la que en muchos casos terminan concluyendo que son una carga para los demás y por ello su muerte aliviaría al resto de la familia. Poder ofrecer a estas personas un espacio donde poder hablar de ese sufrimiento, sin juicios, con plena aceptación de su estado, les ayuda a aliviarse de parte de su carga y en muchos casos a replantearse otros caminos que lamentablemente no son capaces de ver por sí solos. Vuelvo a insistir que hablar del suicidio salva vidas. Realmente ningún suicida quiere morir, lo que busca es dejar de sufrir».

¿Y quién da soporte a las familias?

Ese es uno de los principales escollos. El plan de prevención de suicidios de la C. Valenciana depende de Sanidad y prevé la atención en las unidades de salud mental. Son visitas programadas, tanto para las personas que están en riesgo o han tenido una tentativa, como para los familiares que deben ser atendidos en el duelo.

Pero no existe la figura del psicólogo emergencista que intervenga en una situación crítica. El 112 defiende que sus operadores «están formados para atender a una persona que está amenazando con quitarse la vida», pero no son psicólogos ni especialistas en intervención en situaciones críticas.

La familia del menor que se quitó la vida el pasado 9 de febrero es el mejor ejemplo. Fueron atendidos por cuatro psicólogos de Psicoemergencias CV, que actúan por convenio con la Generalitat, pero no fue el 112 quien los activó, sino una psicóloga particular de una tía del niño. La otra familia, la del menor que se sobrevivió in extremis a una tentativa el día anterior, ni siquiera ha tenido ese soporte.

«El 112 no atiende psicológicamente a ciudadanos», defiende la Agencia Valenciana de Seguridad y Respuesta a las Emergencias. Interior, la conselleria de la que dependen, lo matiza: «Activamos a los psicólogos de urgencia siempre que lo solicite cualquiera de los recursos de emergencias o una autoridad, pero no un ciudadano». Es lógico, pero apenas ocurre cuatro o cinco veces al año. De hecho, la médica del SAM que atendió el caso del niño que se suicidó no activó el psicólogo de emergencias, sino que sugirió a la familia que llamase al 112. Obviamente porque no conocía la existencia de esa posibilidad. La otra, claro está, es que la ciudadanía se pague un psicólogo particular, si se dispone del dinero…

Otras comunidades, como la de Madrid, sí dispone de psicólogos emergencistas del 112 que atienden justo cuando más necesarios son, en pleno suceso. Solo en la ciudad, hay un equipo que trabaja en guardias de 24 horas los 365 días al año. Desde 2003. El debate está servido.

Falsos mitos

Hablar sobre el suicidio incita a cometerlo

Esta falsa creencia causa temor a abordar el tema y nos aleja de quien precisa ayuda. Dado el estigma en torno al suicidio, la mayoría de quienes lo contemplan no saben con quién pueden hablar. Hacerlo con ellas de manera responsable, y, sobre todos escucharlas, sin juzgar, discutir o menospreciar esos sentimientos, reduce el riesgo de cometerlo y aliviará su malestar, les hace ver que nos importa, que la ayuda es genuina y se permitirán contemplar otras opciones.

Si lo dice no lo hace y si lo hace no lo dice

La mayoría de los suicidios están precedidos de signos de advertencia verbal o conductual. Siempre deben tomarse en serio las amenazas, autolesiones, gestos o cambios de conducta. Las verbalizaciones de suicidio nunca deben ser consideradas como un alarde, chantaje o manipulación. Nunca se debe retar a la persona a hacerlo.

Quien se suicida es un enfermo mental

Las personas con enfermedades mentales se suicidan con mayor frecuencia, pero muchas no están afectadas por ese comportamiento. Y no todas las personas que se quitan la vida tienen un trastorno mental. Lo único común a todos los suicidas es un gran sufrimiento interior. A veces puede haber una patología psiquiátrica subyacente y otras, no.

La persona con idea suicida quiere morir

Toda persona con conducta suicida se encuentra en una situación ambivalente, es decir, con deseos de morir y de vivir. Lo que de verdad desea es acabar con el sufrimiento y la desesperanza, y no ve otra alternativa. De ahí la importancia de leer las señales y hablar.

Solo los profesionales pueden prevenirlo

El mito que subyace a esta idea errónea es que hablar con una persona con ideación suicida sin la debida preparación puede ser perjudicial. Acercarse a la persona con una actitud de escucha, con el deseo genuino de ayudar, es el primer paso para la prevención. Profesionales de psiquiatría y psicología clínica tienen experiencia en la detección del riesgo de suicidio y su manejo, pero no son los únicos que pueden prevenirlo.

La conducta suicidas nunca se corregirá

El mayor riesgo de suicidio suele ser a corto plazo y es específico según la situación. Alrededor de la mitad de las personas que sufrieron una crisis suicida tuvieron una nueva crisis dentro de los tres primeros meses. Pero, aunque los pensamientos suicidas pueden regresar, no son permanentes. Un escaso 1%-2% de las personas que intentan el suicidio lo logran durante el primer año después de un intento y entre el 10% al 20% lo consumarán en algún momento de sus vidas. Una vez más, hablar, escuchar y apoyar es el camino.

Señales de alerta

Verbales

  1. Desesperanza. No se ve el futuro o es muy negativo. «Esto no tiene solución», «no va a mejorar nunca», «no puedo más».
  2. Desesperación. No se soporta más una situación o estado vital. «Esta vida es un asco», «mi vida no tiene sentido», «no lo soporto más».
  3. Desamparo. La persona se siente sola, que no es importante para nadie, que es un estorbo y que las cosas estarían mejores sin ella.
  4. Culpa, vergüenza y odio hacia uno mismo. Sentimientos intensos y abrumadores que se verbalizan, por ejemplo, con frases como «no valgo para nada», «me doy asco» «es culpa mía».
  5. Comentarios relacionados con la muerte. Hablan de ella, pero no siempre explícitamente. «Me gustaría desaparecer», «quiero descansar de una vez», «no quiero seguir viviendo».
  6. Conversaciones reiterativas sobre la muerte. Mencionan otras muertes, comentan cómo será, muestran preferencia por series, películas, canciones, noticias o eventos relacionados con la muerte.
  7. Realizar despedidas inusuales verbales o escritas. Buscan dejar todo, lo físico y lo emocional, en orden antes de irse. «Quiero que sepas que me has ayudado mucho», «siempre te querré», «perdóname», «te perdono».
  8. Expresar abiertamente sus deseos de matarse o hacerse daño. Hay distintos grados: sin planteamiento de la acción, con un método indeterminado, con un método específico sin planificar y con un plan suicida concreto (máximo riesgo). ¡Ojo, algunas personas intentan minimizarlo tras haberlo verbalizado!

No Verbales

  • Cambio brusco en su conducta habitual. Puede ir en dos sentidos: aumento significativo de la irritabilidad, mayor agresividad y no respetar límites, o periodo de calma y tranquilidad repentino tras una gran agitación. El cese de la angustia es signo de grave peligro suicida.
  • Intento previo de suicidio. El periodo de mayor riesgo es en los 3 – 6 meses posteriores.
  • Evento desencadenante o precipitante.
  • Búsqueda de maneras para hacerse daño.
  • Conducta imprudentemente temeraria.
  • Retraimiento social.
  • Falta de energía (anergia).
  • Actitud pasiva, apatía, tristeza.
  • Aislamiento. No quieren hablar. Si se les pregunta, pueden llorar o agachar la cabeza.
  • Anhedonia o incapacidad para experimentar placer con actividades habituales
  • Descuido en la apariencia personal.
  • Dificultades en la concentración, desatención y pérdida de la memoria.
  • Alteración del sueño y/o la alimentación.
  • Cerrar asuntos pendientes. Preparación de documentos, regalar objetos muy personales, cerrar cuentas de correo y redes sociales, llamar a personas para despedirse, esconder el método (fármacos, tóxicos, cuerda…) o beber grandes e inusuales cantidades de alcohol.

Papageno vs. Werther «Hablar del suicidio salva vidas»

En 1974, el sociólogo David Phillips alertaba del riesgo de imitación de los actos suicidas cuando se publicaban en un medio de comunicación. Le llamó ‘efecto Werther’ en honor al héroe de Goethe que se quitaba la vida por desamor. Había estudiado el incremento de muertes en EE UU entre 1947 y 1968 cada vez que el New York Times publicaba en portada un caso. Durante medio siglo, los medios, en términos generales, dejaron de dar difusión a los suicidios. Ahora, las tornas han cambiado. Los profesionales de la salud han llegado a la conclusión de que el efecto imitación no se produce por informar de los suicidios, sino por hacerlo de manera inadecuada. Es más, si se hace de manera correcta —no explicando el método, evitando sensacionalismo, no simplificando la causa e informando de los recursos para prevenirlo— puede evitarse. Es el ‘efecto Papageno’, por el personaje de Mozart disuadido del acto suicida por tres niños que le muestran las alternativas que ofrece la vida. Navarro lo resume en una frase: Hablar del suicidio salva vidas». Todo un reto para los medios, sobre todo con el nuevo universo digital.

levante-emv.com