Hablemos del suicidio

La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de publicar un informe demoledor sobre la prevención del suicidio. Llega tarde. Muy tarde; para cuando lo ha hecho público, la cifra ya se ha disparado hasta las 800.000 personas que se quitan la vida cada año… una cada 40 segundos. El suicidio ya se ha convertido en la segunda cauda de muerte entre personas de 15 a 29 años y la cosa va a peor: por cada adulto que se suicidó, posiblemente más de otros 20 intentaron suicidarse.

Según el informe de la OMS -que maneja datos de 2016-, la media mundial de suicidios se situó en 10,5 casos por cada 100.000 habitantes. España muestra una de las cifras menos malas de la cuenca mediterránea y, sin embargo, arroja una escalofriante estadística de 6 casos de media por cada 100.000 habitantes. Eso se traduce en 3.700 suicidios al año, es decir, unos 10 suicidios al día.

¿Por qué seguimos mirando a otro lado ante esta realidad? Se mire desde la óptica que se mire, es un grave problema de salud pública. El hecho de que en España se quite la vida una persona cada dos horas y media debería encender todas las luces de alarma, no sólo por la tragedia que supone un suicidio consumado, sino también porque el rastro que deja tras de sí es terrorífico, una huella que no se borra jamás, un resultado que, según otro estudio publicado en The Lancet, provoca que las personas con antecedentes familiares de sucidios tienen 2,5 más posibilidades de seguir esos mismos pasos.

A pesar de ello, España continúa sin contar con un plan estatal integral para reducir el número de suicidios. Es absurdo, más aún considerando que la tasa de trastornos de salud mental continúan escalando sin freno. En nuestro país, las cifras nos dicen que mientras que de media se quitan la vida 3,1 mujeres por cada 100.000 habitantes, los hombres lo hacenen una proporción de 9,3. Somos víctimas, quizás, de ese machismo histórico del que tanto nos hemos beneficiado y tanto daño ha hecho y hace a las mujeres.

Aunque documentos del ministerio de Sanidad aseguran que de cada diez personas que se suicidan, nueve de ellas dijeron claramente sus propósitos y la otra dejó entrever sus intenciones de acabar con su vida, los hombres visibilizamos menos. Desde pequeños el machismo nos atraviesa con esa idea de que somos protectores, de que no podemos mostrar vulnerabilidad, de que no lloramos. Y lo hacemos y sufrimos y caemos en la red de la desesperación, de no encontrar salidas, pero hacemos una bola gigante con todo eso y la engullimos. Víctimas de nuestro propio machismo.

Mujeres y hombres precisan otro enfoque, ese plan integral desde las autoridades sanitarias que destierre tabúes, que acabe de una vez por todas con la autocensura, con los falsos mitos porque todas las personas que se suicidan quieren vivir, quieren vivir con todas sus fuerzas, porque buena parte de ellos tienen seres queridos a los que no quieren abandonar, a los que aman; lo que no quieren es vivir con sufrimiento. El sucidio no es el fin de la vida, sino del sufrimiento. Así de crudo y mientras esa idea no nos la metamos todas y todos en la cabeza, seguiremos deambulando por caminos equivocados.

Hablen del suicido, de sus problemas, de sus miedos, de sus temores… busquen ayuda y cuantas menos explicaciones, cuantas menos causas encuentren para esa desazón angustiosa que les lacera las entrañas, hablen todavía más. A buen seguro que tienen gente alrededor que harían cualquier cosa por usted, que les quieren ahora y les querrán toda su vida. Sólo en lo que ha invertido en leer esta columna se quitaron la vida en el mundo cinco personas. No se abandonen mutuamente

Público

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