El pueblo donde el suicidio es «tradición»

Manuel y Antonio Aguilera, padre e hijo, pasan la mañana de miércoles sentados en un banco. Han ido a parar justo al lado del tablón de los fallecidos de la semana en Alcalá la Real.

¿Cómo se interroga por un tema tabú? ¿Cómo se pregunta por la muerte cuando la muerte se quiere?

En Alcalá la Real (Jaén) el tabú dura lo que se tarda en preguntar. Aquí nadie tiene problema en hablar del suicidio, una forma común de perder la vida. Así que cuando se le pregunta a Manuel y a Antonio si algún familiar se ha suicidado, el hijo responde con naturalidad: “De momento, no”.

La etiqueta molesta. Sobre todo, cuando viene acompañada de un tratamiento morboso de la información. María José Aceituno, concejala de Salud, anuncia que su departamento está realizando un estudio “serio y riguroso”, y avanza que “la tasa no es tan alta como se suele comentar”.

Sin embargo, el Plan Local de Acción en Salud de Alcalá la Real incorpora una línea de trabajo para la prevención del suicidio, que incluye unas jornadas de afrontamiento de las emociones. Se trata, dice Aceituno, de sensibilizar y concienciar a los alcalaínos, dándoles “herramientas para manejar las emociones”.

Demasiados muertos durante demasiados años ha provocado que aquí, cuando vienen mal dadas, el suicidio se vea como una forma bastante natural de solucionar los problemas. De eso uno se da cuenta cuando llega a Alcalá

Lo primero que llama la atención sobre el suicidio en Alcalá la Real es que parece no llamar la atención. “Lo tenemos normalizado. Estamos acostumbrados desde pequeñicos”, dice Ana Garrido, que atiende la biblioteca municipal. Ella comenta que cada “dos o tres meses” se entera de que alguien más o menos cercano se ha quitado la vida. Hace no demasiado, un chico joven recién casado. Cuando es joven duele más, dice.

Otro ejemplo: Pepe Martín Vela, a quien preguntamos en la calle, no podría decir cuántos suicidados ha conocido: “Conozco bastantes, claro… A ver, que tengo 61 años. Con esta edad, ¡a alguien tendré que conocer!”.

Es probable que no haya nadie en Alcalá que no pueda contar una historia de suicidios. Si no es un familiar es un amigo, y si no un vecino. Y luego están los casos que, por extraños, corren de boca en boca, y asientan el mito. Como aquel que estaba en la recogida de la aceituna, y dijo a sus compañeros de faena que iba a hacer sus necesidades. “Estuvieron un rato esperando, esperando, y al final dicen que se ahorcó. Yo no estaba, pero me lo contaron el otro día”, relata Antonio Aguilera.

Domingo Murcia fue maestro y ahora es el cronista oficial de la villa. Aunque advierte de que no ha estudiado el asunto en profundidad, confirma: “Sí. Es verdad, la gente está habituada. Sobre todo en la primavera”. Murcia alude a una especie de “tradición” y añade: “Aquí hay la pésima costumbre de ahorcarse”. Murcia incluso recuerda el caso de un cortijo donde se habían ahorcado sucesivamente miembros de varias generaciones de una misma familia. “Todos en el mismo sitio. En la misma la viga”.

Durante un tiempo fue también habitual tirarse del gran tajo que hay en la aldea de Charilla, pero la otra gran particularidad del suicidio en esta zona es que casi todos prefieren ahorcarse, normalmente de un olivo. La costumbre dio lugar incluso a una frase común aquí: “Anda, cógete un ramalillo”. Una forma de decirle a otro que puede solucionar el problema colgándose de un olivo. “Y como no hay olivos…”, comenta Antonio Aguilera

María Isabel Teva es alcalaína y psiquiatra. Ejerce en el cercano municipio de Cabra, y necesitó salir de Alcalá la Real para darse cuenta de que algo extraño pasaba. “En mi pueblo no es tan raro decir que a alguien le han detectado un cáncer y se quitó la vida. Se dice con mucho menos tabú que fuera de esta comarca. Eso lo ves cuando sales”.

Hace unos meses, una asociación le propuso preparar una conferencia y en la búsqueda encontró algunos datos curiosos. Por ejemplo, que un trabajo de Francisco Díaz Atienza y Antonio González Iglesias, psiquiatra del pueblo durante muchos años, corroboró en 1999 que la tasa de suicidios en la comarca Sierra Sur superaba en mucho la nacional y provincial. Estudiaron 135 suicidios consumados en Alcalá la Real entre 1985 y 1999. Una media de nueve suicidios al año en un municipio que supera por poco los 20.000 habitantes. Sin embargo, no propusieron un modelo explicativo que justifique por qué ocurre.

A falta de ciencia, causas hay tantas como paisanos. La gente en la calle habla: que si la altura, que si el aislamiento geográfico, que si las deudas o el amor. Hasta al agua le echan la culpa. O, como dicen otros, a los espíritus que a veces llaman a los vivos. Ninguna de esas explicaciones se sostiene. Teva alude a “estímulos sociales y familiares” que se asimilan inconscientemente. Es decir, a una cierta normalización del suicidio. También apunta a un factor genético. La suicidabilidad se hereda, dice, independientemente del trastorno mental, que muchas veces determina la conducta suicida. La psiquiatra concluye que es un fenómeno multifactorial.

“Recuerdo ir al funeral de un compañero de clase en el instituto porque había sacado malas notas… Hay otras formas de afrontar eso, pero no se plantea: “¿Cómo se le ha ocurrido?””

Nadie sabe explicar cuándo empezó todo, o recordar quién pensó por primera vez que quitarse de en medio soluciona un problema. Lo que sí está claro es que fue hace mucho tiempo. Siendo una cría, Teva escuchó a sus abuelos comentar el suicidio de un recluta de la Guerra de Marruecos. Era la guerra o la muerte, y eligió la muerte. En 1999 los psiquiatras Díaz Atienza y González Iglesias incorporaron a su estudio un gráfico con los datos de suicidios de 1950 a 1959 extraídos del Registro Civil, que mostraba una tasa “muy prevalente” a la nacional y provincial.

La herida está abierta al menos desde entonces, pero en los últimos tiempos Alcalá la Real atraviesa una buena racha. Dicen en la calle que van tres o cuatro meses sin que se haya escuchado de ningún ahorcado y el párroco de la Iglesia de Santa María la Mayor, una de las cinco del pueblo, lo confirma. Se reunió hace poco con otros curas de la comarca y coincidieron en que hay menos entierros por suicidio. Sin embargo, el sacerdote advierte: “A veces va por rachas. En el pueblo se dice eso de que si sale uno, después salen siete. Unos dicen siete y otros dicen tres. No se sabe…”.

José Ramón Gómez nos recibe en la sacristía, a punto de dar la misa de las siete y media. Lleva siete años en Alcalá la Real, donde se estrenó con un suicidio: “Una joven de 39 años”. Cuenta que una vez un feligrés le anunció en confesión que se quitaría la vida, y lo cumplió. Aquel hombre le dijo que algo “tiraba de él”. “Intenté plantearlo desde el punto de vista humano, y también del punto de vista de la fe”, recuerda el padre Gómez. De nada sirvió.

Aunque la Iglesia ha suavizado su postura sobre el suicidio, el sacerdote resalta que la doctrina cristiana sigue estableciendo que Dios da la vida y la reclama. Por eso, el párroco está convencido de que la fe ha frenado a más de uno. Eso sí, en las exequias de hoy en día, el padre Gómez pide que Dios juzgue con benevolencia al suicida.

Durante años, eran enterrados sin lápida o señas, sin recibir servicios religiosos. “Eran víctimas de la aversión social y de la mentalidad de aquel tiempo, incluso en la muerte”, comenta Paco Martín, que fue alcalde de 1993 a 1995. “No se trata de juzgar a esa persona sino de encomendarla a Dios”, señala el párroco. Ya no se condena a nadie por el suicidio, ni existe en el cementerio de Alcalá lo que se llamaba “el cementerio de los ahorcados”. Tampoco el “limbo” al que iban a parar los suicidas, que desapareció en el Concilio Vaticano II.

Sin embargo, no parece que el estigma haya desaparecido. Hace poco, Paco Martín recibió del actual regidor el encargo de escribir unas palabras para recordar a esos muertos con una placa, siempre que sus familiares lo solicitaran. Sólo respondieron cinco familias.

¿Cómo hacer entender a quien sufre que la solución no es matarse? Los últimos datos oficiales muestran un aumento del 3% de los suicidios en España, hasta las 3.679 personas, la principal causa de muerte no natural. Esto, que se sepa. Porque Teva insiste en que un alto porcentaje de muertes atribuidas a otras causas son en realidad suicidios. “Es un problema de salud pública”, señala la psiquiatra. A su juicio no se trabaja lo suficiente en prevención, porque persiste el temor al efecto imitación.

Se dice que la publicación de Las penas del joven Werther, la obra maestra de Goethe, provocó una oleada de suicidios en la Europa de finales del siglo XVIII. Desde entonces, a este efecto (real o aparente) se lo conoce como efecto Werther. La tesis ha provocado que del suicidio no se hable, o se hable bajito. Es un modelo del que discrepa la propia Organización Mundial de la Salud, que aconseja a los medios “informar responsablemente” sobre el suicidio.

“Si se hablara desde la ciencia y como se habla de los accidentes de tráfico, viendo la cruda realidad de un suicidio e informando de que es un problema de salud que se puede tratar y curar, sería más fácil pedir ayuda”, opina Teva.

En la entrada de la Iglesia de Santa María la Mayor de Alcalá la Real, junto a los habituales folletos, hay también montón de fotocopias de estampitas a disposición del creyente. “Mi San Expedito de las causas justas y urgentes, intercede por mí junto a Nuestro Señor Jesucristo, para que venga en mi socorro en esta hora de aflicción y desesperanza (…) protégeme, ayúdame, otorgándome fuerza, coraje y serenidad”. San Expedito es el patrón desesperados, santo de las causas imposibles y de los apuros.

El ministerio de Sanidad anunció el 27 de marzo que trabaja para establecer un teléfono público contra el suicidio similar al 016. “Sea tabú o no, debe insistirse en que es un problema de salud que podemos prevenir y tiene solución”, concluye María Isabel Teva: “Lo que más miedo da, cuanto mejor lo conozcas mejor lo puedes manejar”.

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