Hablar de suicidio en los colegios, ¿sí o no? El debate está servido

Profesionales de la salud mental explican que prevenir este tipo de conductas es apostar por la vida, «no por un efecto contagio»

 

En 2017, última fecha registrada, un total de 13 jóvenes de 10 a 14 años decidieron quitarse la vida en España y 50 en edades comprendidas entre los 15 y 19 años. Según la OMS, el suicidio es la segunda causa de muerte a estas edades. Desde la Fundación Anar alertan, además, de que los casos de ideación suicida se han multiplicado por seis y los de autolesiones por catorce en menores de edad.

Andoni Anseán, presidente de la Sociedad Española de Suicidología, señala que son cifras muy preocupantes, más aún cuando «el suicidio de un niño es un suceso muy impactante y la sociedad, en general, no lo contempla como una posibilidad de muerte. Es un asunto tabú. Mientras no se acabe con el estigma es difícil prevenirlo», advierte.

Los expertos en salud mental aseguran que cuando se produce una muerte de estas características quedan marcadas de por vida una media de seis personas del entorno familiar más cercano de la víctima. Sin embargo, la cifra se incrementa cuando el mismo suceso se aborda dentro del ámbito escolar; profesores y compañeros de clase quedan muy conmocionados ante una pérdida de estas características.

El gran problema, tal y como señala Anseán, es que los centros educativos tienen muchos recelos a abordar este asunto por falta de conocimiento. «El enfoque no puede ser clínico –primero porque no todos los suicidios tienen su causa en una enfermedad mental–, sino educativo para poder introducir en los alumnos elementos que les faciliten conocerse a sí mismos, saber cómo afrontar situaciones difíciles, identificar emociones, expresar lo que sienten, buscar soluciones…».

Promover la vida

Para Diana Díaz, directora del Teléfono Anar, «todo lo que sea prevención es necesario, siempre que venga de la mano de profesionales expertos. No se puede ocultar este problema. Cuando un joven se plantea acabar con su vida es porque tiene una gran preocupación detrás y eso es lo que hay que abordar para poderle ayudar».

Piedad Castellanos, fundadora y directora de Esencial Escuela de Educación Emocional, y Alicia Torres, codirectora de este centro, imparten sesiones desde hace seis años en institutos a alumnos de tercero de la ESO para prevenir este tipo de conductas. «Deseamos promover la vida y, para ello, las escuelas deben abandonar esta creencia limitante de convertir la palabra suicidio en un tabú impronunciable», aseguran.

Añaden que los centros escolares están priorizando resultados cognitivos y muchas veces pasan por encima de las emociones y la emergente personalidad de los alumnos. «Estos jóvenes se ven inmersos en un mundo cada vez más exigente, en el que las fortalezas que poseían hasta la infancia quedan desdibujadas. Esto les hace sentir muy desgraciados y la ideación suicida puede que aparezca mezclada con un halo romántico, pues todavía no entienden la irreversibilidad de esta acción, solo la perciben como un alivio a su sufrimiento».

Alicia Torres reconoce que en muchos colegios no agrada que en su discurso se pronuncie la palabra suicidio, «aunque sea casi de manera furtiva», en cambio el resultado entre los estudiantes parece darles la razón. «Es curioso que al hacer dicha mención, algunos jóvenes bajan la cabeza y, al salir del aula, tras las sesiones, muchos de ellos nos abordan para contarnos experiencias personales que les hacen sentirse en situaciones límite».

El problema, según esta experta, es que estos alumnos con pensamientos suicidas se sienten culpables. Y solos. «Como nadie habla de ello, sienten la culpabilidad de tener esos pensamientos y de estar alejados de su entorno al no tener nadie con quién compartirlo. Sin embargo, en cuanto les das la oportunidad de que se expresen, se abren sin dudarlo porque encuentran apoyo».

Disipar dudas

En estos casos, los profesionales de Esencial Escuela de Educación Emocional, piden permiso al alumno para hablar con el orientador del instituto –la mayoría psicólogos o psicopedagogos– y que se pueda hacer cargo de la situación junto a profesores y tutor. «Suelen aceptar porque están deseando recibir ayuda. En ocasiones, olvidamos que solo con preguntar, desde una escucha activa que no juzgue, podemos colaborar disipando terribles dudas y aportando recursos que a esa temprana edad no se poseen todavía», apunta Torres.

Ambas especialistas insisten en que la educación debe cambiar. «No solo se debe trabajar la parte cognitiva. El alumno es una persona integral, con emociones y sentimientos que también se deben atender para su correcto desarrollo». Por ello, en sus programas abordan habilidades y capacidades para afrontar la vida, cómo disminuir el estrés diario, aceptar los avatares de la vida, tomar decisiones, gestionar los enfados, cambios de humor…

Asombradas por el gran número de estudiantes que les «confesaba» su sufrimiento, pensaron que los docentes también deberían disponer de herramientas para detectar estas conductas. Fue así como desde este centro han emprendido jornadas, en colaboración con la Asociación Española de Suicidiología y con la asociación MUY (Muévete y Únete), para transformar las escuelas y que se adapten a las nuevas demandas de la realidad actual.

El falso «efecto contagio»

Explican que la escuela, como otros sistemas sociales, participa de la creencia limitante de que hablar de suicidio puede producir un efecto contagio. «Sin embargo –prosigue Torres–, hoy sabemos que eso depende de la forma en la que se trate. Hay que hacerlo de manera responsable, no desde el morbo y, mucho menos, abordando métodos. De hecho, la OMS recomienda su abordaje como una medida de prevención».

En los programas para docentes abordan materias como el cerebro del adolescente, el suicidio en el sistema de salud, cómo trabajarlo; trastornos afectivos y otros trastornos mentales; factores de riesgo y precipitantes; conductas autolesisvas: el cutting… Además, incluyen la proyección de entrevistas simuladas de jóvenes pacientes con psicólogos, médicos y orientadores escolares para que los docentes aprendan las intervenciones.

Tanto Alicia de la Torre como Piedad Castellanos aseguran que todos los colegios deberían apostar por una escuela saludable que contemple la promoción de la salud mental. «Prevenir el suicidio pasa por la mejora de fortalezas como resiliencia, habilidades de adaptación, inclusión social y un ambiente escolar sano. Por ello es tan necesario un plan Nacional de Prevención del Suicidio que contemple acciones de sensibilización en la escuela», concluyen.

abc.es

 

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