El suicidio

Descarto en este suelto aquellos seres humanos que simplemente deciden poner fin, no a su vida, sino a los dolores que hacen de su estancia en este mundo un verdadero infierno que no se mitiga con las drogas más potentes, o de los que yacen en una cama y convierten su supervivencia no pretendida en un sinvivir de los que le cuidan por amor; eso se llama eutanasia, ¿se acuerdan de Mar adentro?

Nunca pensé que el suicidio ocasionara más muertes que el tráfico de vehículos y resulta que, en España, es prácticamente el doble: la primera causa de muerte no natural desde hace ya más de 11 años, o 13 suicidios por cada homicidio, pero lo único con lo que nos saturan los medios y la DGT es de los accidentes de tráfico; el suicidio parece una enfermedad invisible. Esas noticias no aparecen en los periódicos si no es formando parte de una estadística, lo que es una contradicción, pues si la mayor parte de muertes, naturales o no, tienen su antídoto periodístico en campañas de prevención, sobre el suicidio hay una niebla espesa que se condensa en el más absoluto silencio, como si se tratara de una desaparición sin nombre.

Y, ¿qué ocurre en el resto de mundo? Pues, a pesar de los cerca de 4.000 anuales de España, somos un modelo a seguir, muy lejos de lituanos, coreanos del sur, húngaros y japoneses (qué tendrán en común esos países, tres veces más), pero que evidencia que esta enfermedad mental y mortal nos pilla de pasada, lo que dice mucho de nuestra estabilidad emocional.

Y siguiendo con las estadísticas, ahora interiores, Madrid, líder, seguido de Cantabria, Castilla La Mancha y Comunidad Valenciana, es donde menos prolifera la voluntad de abandonar la vida de forma abrupta, con las antípodas de Galicia y Asturias, como si las borrascas que se ciernen sobre estos últimos territorios no sólo dejan caer agua, sino malas tentaciones.

Paradoja bien contradictoria es que países altamente desarrollados en lo económico, EE UU, Canadá, Dinamarca, Islandia, Irlanda o Suiza, tengan tasas mucho más elevadas que las nuestras, lo que conduce, en un análisis simplista, a que el dinero puede ser un síntoma de este contraste oscuro; es decir, la abundancia induce al suicidio, pero esto no es predicable de España, con tasas mucho más bajas, por lo que algo existirá en nuestro país que le vacuna de este deliberado viaje de abandono.

Y otro dato bien significativo acorde con reminiscencias de cultura machista, o con la fortaleza interior de las mujeres, o de ambos, es que el 80% de los suicidios tienen como protagonistas a los varones y sólo un 20% a las féminas, con tasas cada vez más elevadas a partir de los 35 años sobre todo en Alicante y en Castilla-La Mancha.

Salvo excepciones, ser mujer y joven es un seguro de vida en España, ¿por qué será?.

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