“Tengo que hacer la colada, la compra y suicidarme”

Cómo está?

Mejor, pero fui ingenua, pensé que tras un mes ingresada en un psiquiátrico saldría curada.

¿Por qué ingresó?

Intento de suicidio. Claro que ahora tengo más herramientas y un diagnóstico: depresión aguda, ansiedad y trastorno de personalidad.

¿Cómo empezó todo?

A los 15 o 16 años empecé a sufrir ansiedad y me costaba relacionarme; era extraño, hasta que hace poco, estando en tratamiento, me vino a la cabeza un recuerdo traumático de los 4 años que había borrado y que he podido confirmar.

¿Abusos?

Por temas legales no puedo contárselo. Es injusto porque ese delito prescribe en unos meses, pero mis secuelas psicológicas serán para toda la vida. Ahora entiendo muchas cosas.

Siempre creí que había tenido una infancia feliz, pero la custodia compartida fue un caos para mí. Un niño necesita estabilidad, lo contrario a ir una semana aquí y otra allá.

¿Cuál fue el detonante de su ansiedad?

Empecé a sacar las mejores notas de mi promoción y eso me creó mucha presión y auto exigencia. Acabé aislada y empecé a autolesionarme. Me hicieron un mal diagnóstico: agorafobia, y el sufrimiento continuó. Cuando se lo comenté a mi padre me dijo que estaba llamando la atención y a partir de entonces callé.

A los 18 años cambió de vida.

Me vine a Barcelona, la presión y la ansiedad no disminuían pero no dije nada, pensé que igual mi padre tenía razón. La depresión es muy jodida porque todas las cosas que te gustan dejan de gustarte y eres consciente de ese cambio. Todo me superaba. No era tristeza…

¿Era vacío?

Absoluto, te quedas sin futuro, y la idea del suicidio te persigue hasta que llega a formar parte de tu día a día, es un pensamiento más: “Tengo que hacer la colada, la compra y suicidarme”.

¿No lo hablaba con nadie?

Podía hacer bromas al respecto, es algo muy común entre los suicidas. Cuando llegué al límite e intenté suicidarme me ingresaron en el hospital del Mar. Me dijeron que estaría allí tres días y estuve un mes.

Y decidió ilustrarlo.

Mi compañero de piso me trajo un cuaderno y un lápiz, y cómo tenía tanto tiempo libre empecé a dibujar mi entorno, a narrar el día a día.

Habrá tenido muchas vivencias.

Es un lugar lleno de paradojas, de tiempo muerto y de locos encantadores: juegas al dominó con Dios –un tío muy majo–, comes pipas mirando al mar y oyes frases muy graciosas.

¿Y el tratamiento?

Veía a la psiquiatra unos diez minutos al día. No conecté con ella. Me dijo que me estaba adaptando demasiado bien al entorno, pero que esas personas, los locos como yo, no eran mis amigos, así que me prohibió las visitas y llamadas.

No lo entiendo.

Aislándome pretendían que tuviera ganas de salir de allí, pero no te lo explican porque no confían en tu juicio, a mí ese tipo de juegos me parece cruel.

Me daban doce pastillas al día, incluso para trastornos, el bipolar, que no me habían ni diagnosticado, y el litio me provocaba temblor en las manos. Me querían tranquilita y luego me recriminaban que dormía demasiado.

¿Qué es lo que más le ayudó?

Los compañeros. Emma llegó arregladísima, y pensé: “En dos días está hecha un asco”, pero era tan fuerte que aquel lugar deprimente y opresor no pudo con ella. Me peinaba y me maquillaba. Seguimos siendo super amigas. Y tener un diagnóstico me permitió informarme a fondo en internet, saber que lo mío le ocurre a otras personas y no sentirme un bicho raro.

¿Así se siente?

Nadie te da crédito, antes que persona eres una loca. Ojalá se nos diera más visibilidad y pudiéramos expresar lo que sentimos sin miedo a una mala respuesta. Ojalá la gente estuviera más informada y dejáramos de ser una molestia.

La enfermedad mental requiere empatía.

Sí, pero recibimos condescendencia. Mi abuela me envió una carta, me temía más palabras de ánimo, algo que no te llega, pero solo me habló de su amor por las higueras. Me encantó, pensé: “¡Está como una chota!”.

¿Compartía habitación?

Sí, con una mujer que no se duchaba nunca, luego otra que me quería comprar mis sujetadores a las cuatro de la mañana… Hay anécdotas para todo, una noche entró un señor y cogió algo. Por la mañana lo vi con mis calcetines con volantes que solo le cubrían medio pie.

¿Se ha sentido culpable?

Y me sigo sintiendo, sobre todo por mi madre. Tener una hija que se quiere morir debe ser durísimo, y no se lo merece, ha luchado por mí lo indecible. La quiero muchísimo.

¿Qué ha sido lo peor?

La frustración, después del alta y durante muchos meses la idea del suicidio seguía cruzando mi cabeza, se me rompía la tostadora y pensaba “pues me suicido”. Es muy fuerte pero es así.

¿Y el estigma?

Si has pasado por una institución mental nadie te da trabajo, debes ocultar quién eres. Yo lo que vi fueron personas con un humor y una sensibilidad brutales.Ojalá la gente pudiera ver su gran humanidad. Escuchar es tan importante..

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