Una nueva mirada al suicidio

Ni todos los que tienen depresión intentan suicidarse, ni todos lo que intentan suicidarse están deprimidos. El médico psiquiatra Jose A. Posada Villa explora las razones detrás de este fenómeno a la luz de los nuevos hallazgos científicos.

Decir simplemente que la depresión lleva al suicidio no es adecuado. La mayoría de las personas con depresión no intentan suicidarse y no todos los que intentan suicidarse están deprimidos. En una investigación reciente realizada con la Universidad de Harvard y la OMS, los trastornos del control de los impulsos, los trastornos por consumo de sustancias psicoactivas y los trastornos de ansiedad se asocian con un riesgo significativamente mayor de pensamientos e intentos suicidas.

Se han evidenciado tasas apreciables de suicidio a lo largo de la historia y en casi todas las culturas que se han estudiado. El suicidio fue aparentemente bastante común en las civilizaciones griega y romana. Los estudios antropológicos indican muchos casos en culturas primitivas. También hay datos de países desarrollados que comparan las tasas de suicidio desde finales del siglo XIX hasta el siglo XXI. Estos datos muestran una notable consistencia en las tasas de suicidio a lo largo del tiempo y a pesar de los cambios tecnológicos. Por lo tanto, los datos en realidad no muestran un aumento importante en el suicidio en los tiempos modernos y posiblemente se trate de cambios en el registro de los casos.

Durante décadas se ha tratado la depresión con medicamentos que actúan sobre la serotonina, que es considerada como la sustancia química responsable de mantener en equilibrio el estado de ánimo. Aunque estos medicamentos ayudan a muchas personas a sobrellevar los síntomas de la depresión, no son efectivos para tratar la ideación o el comportamiento suicida.

El psicoanálisis ha propuesto que las personas que sienten culpa buscan el castigo y, por lo tanto, el suicidio es una especie de auto-ejecución. La ansiedad, experimentada como culpa o amenaza de exclusión familiar, grupal y social es el hilo conductor en la mayoría de los suicidios. Pero en general no es el sentimiento crónico de culpa. Es lo que se siente en situaciones adversas recientes.

El ser humano es la única especie en la que la valoración social negativa puede conducir al suicidio inducido por la vergüenza. Esto se debe a una innovación evolutiva conocida como Teoría de la mente, que hace referencia a la capacidad de reconocer y atribuir estados mentales (pensamientos, percepciones, deseos, intenciones, sentimientos) a los demás y comprender cómo estos estados mentales pueden afectar el comportamiento. Puede ser algo bueno porque permite sentir orgullo, pero en otras ocasiones es algo negativo porque genera la emoción de vergüenza, que hasta donde sabemos, es única y exclusivamente humana.

Parece que la discrepancia percibida entre lo ideal y lo real es crucial para meterse en los vericuetos de la conducta suicida. Es por lo menos curioso constatar que muchas personas que se suicidan, en realidad viven en mejores condiciones de vida que sus congéneres. Las tasas de suicidio son más altas en las naciones más desarrollas, con mayores garantías de libertades individuales y con mayor frecuencia entre los estudiantes universitarios que tienen mejores calificaciones.

El suicidio está generalmente precedido por eventos que no permiten alcanzar altas expectativas y esto hace que aumente el riesgo porque algunas personas se sientan más frágiles en respuesta a las dificultades inherentes a la condición humana. Cuando las cosas se ponen complicadas, esas personas que han llevado vidas privilegiadas tienen más dificultades para lidiar con aquellas situaciones que siente como fracaso.

He aquí algunos ejemplos: ser pobre no es generalmente un factor de riesgo para el suicidio, pero pasar de repente de la riqueza a la pobreza sí. De igual forma, la separación y el divorcio son un riesgo significativo. La mayoría de los suicidios que ocurren en el sistema penitenciario y en las hospitalizaciones psiquiátricas ocurren generalmente durante el período inicial de adaptación a la pérdida de la libertad.

Los sentimientos de inutilidad, vergüenza, culpa, insuficiencia o sentirse humillado y rechazado llevan a las personas suicidas a sentirse desagradables y distintos en relación con una sociedad idealizada. Se perciben como indeseables y sin esperanza de cambio. Esta es la razón por la cual las personas con orientación sexual minoritaria muchas veces se sienten seres humanos de segunda categoría y son especialmente vulnerables al suicidio.

La ansiedad, experimentada como culpa o amenaza de exclusión familiar y social es el hilo conductor en la mayoría de los suicidios. El ser humano es la única especie para la que la evaluación social negativa puede conducir al suicidio inducido por la vergüenza.

Otra característica peculiar en las personas suicidas es la percepción del tiempo, que cambia de una manera que hace que el momento presente parezca interminable.  Esto se debe a que sienten culpa del pasado reciente y angustia ante el futuro y buscan escapar a un tiempo presente, muchas veces intolerable y carente de emociones.

Otro mecanismo de defensa común en las personas suicidas es pensar en cosas concretas. Generalmente no se dedican a reflexiones metafísicas sobre la vida y la muerte. La persona simplemente quiere que llegue la muerte para descansar de sufrir y no propiamente quitarse la vida.

Hay grandes diferencias entre el cerebro de las personas suicidas y no suicidas con depresión. Se ha observado que la corteza orbito frontal lateral derecha, una región del cerebro que es importante para codificar las cosas que interesan a las personas, se activa más a menudo y con más intensidad en las personas que han intentado suicidarse, demostrando que estas son particularmente sensibles y reaccionan al estrés con más intensidad que otras.

Estudios recientes sugieren que hay eventos sociales como el abuso durante la infancia que influyen en el funcionamiento y expresión de genes en el cerebro. Se cree que estos cambios moleculares que pueden aparecer cuando alguien experimenta estrés severo a una edad temprana, son un eslabón en la cadena de eventos que lleva a una persona a suicidarse.

Hasta el momento, el riesgo de suicidio solo puede reducirse, no eliminarse y los factores de riesgo no ofrecen más que orientación. Ir más allá de la mera consejería es crucial y si bien es posible que nunca comprendamos por completo qué es lo que empuja al abismo del suicidio, la investigación actual sugiere que la biología puede contener al menos algunas respuestas.

Y mientras se avanza en nuevas investigaciones que puedan aportar en la prevención y el tratamiento del comportamiento suicida, como lo propone el investigador y profesor universitario Jaime Carmona,  de la Universidad de Manizales, las acciones más efectivas, por ahora, se deben centrar en dos fundamentales: combatir todas las formas de exclusión y escuchar, escuchar y escuchar.

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