La esperanza, un diamante ante el suicidio

l Museo del Diamante de Ciudad del Cabo atesora en una vitrina una réplica del diamante Hope o de la Esperanza, una joya azul profundo que esconde entre sus aristas una leyenda oscura y maldita. Se cuenta que un ladrón la robó de un ídolo hindú en el siglo XVIII y que desde entonces todo el que la ha poseído ha sufrido infinidad de asesinatos, enfermedades y varios suicidios. Ahora lo custodia una institución, nadie más quiere en casa esa mala fortuna. Pero sin diamantes y alejada de mitos, cerca de esa réplica en Sudáfrica, una chica de 17 años con la palabra hope (esperanza) tatuada en la muñeca cuenta que intentó suicidarse. Ya recuperada del trance, elige identificarse como Amanda.

“Hay que ser fuerte, siempre se puede encontrar algo positivo a lo que agarrarse, alguien que escuche, que haya pasado por una situación parecida, una mascota a la que querer, o escuchar música; para mí fue terapéutica, la música te habla, no te sientes sola”, enumera entre lo que más le ha servido para sobreponerse. “Es un proceso lento, no de un día para otro, pero ya estoy mejor, la terapia y cambiarme de instituto me ha venido muy bien”, dice ahora, con decisión, en un país en el que uno de cada tres adolescentes ha intentado suicidarse, según los datos de la última Encuesta Nacional de Riesgos en la Juventud. La media de suicidios en el mundo es de 10,6 fallecidos por cada 100.000 personas. Sudáfrica registra 11,6, mientras que España un 6,1, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El suicidio entre adolescentes y jóvenes es una tarea pendiente para la humanidad. Supone la segunda causa de muerte en personas de entre 15 a 29 años, y su mortalidad total es superior a la causada por guerras y homicidios, un 57%. Son 800.000 personas las que se quitan la vida cada año, una cada 40 segundos, según la OMS. Suicidio y adolescencia forman además una combinación compleja. Estas muertes tienden a ocultarse entre las sociedades, es un tema tabú, silenciado, que avergüenza, estigmatiza, culpabiliza… por lo que los organismos y Estados carecen de datos precisos con las dificultades que ello apareja para su análisis y prevención. Y si se vincula además a los más jóvenes, la desatención aumenta. “Los adolescentes han estado completamente ausentes de los planes nacionales de salud durante décadas”, reconoció el año pasado Flavia Bustreo, asistente de la OMS.

Hace sol frente al Atlántico Sur, pero Amanda va con una camiseta de manga larga, negra, que impide detectar a simple vista el tatuaje que marca su muñeca. Tiene escrita la palabra hope apenas a unos centímetros de decenas de cicatrices de cortes en el antebrazo con las que se ha autolesionado. “Miro el tatuaje y así me recuerda que siempre habrá esperanza para seguir”, dice esta joven inteligente, risueña y seria a la vez, que se reconocía deprimida y quería matarse por ser incapaz de gestionar sus emociones, de superar cada día, de verse feliz. “Cuando estás deprimido te sientes débil, no duermes bien, solo piensas en negativo, que nada merece la pena, lloraba, no creía que nada pudiera ayudarme y el suicidio era mi principal opción”, dice ahora en pasado Amanda, que reside en un suburbio de Ciudad del Cabo levantado durante el apartheid. El suicidio afecta a personas de todos los estratos sociales, aunque las condiciones económicas pueden desencadenar un aumento. En 2016, un 79% de los suicidios totales en el mundo se produjeron en países de ingresos bajos y medios, según la OMS.

Estas muertes tienden a ocultarse entre las sociedades, es un tema tabú, silenciado, que avergüenza, estigmatiza, culpabiliza

“Es una chica que ha progresado muy bien”, dice la psicóloga clínica Sonja Pasche, que realiza su doctorado sobre Suicidio en Adolescentes en Ciudad del Cabo. “En las terapias hacemos ver que no es la solución, que es un final irrevocable y permanente para algo que es temporal. Y que siempre hay ayuda disponible, siempre”, insiste Pasche, que detalla que el suicidio puede devenir tanto del padecimiento de una enfermedad mental, como la depresión o la ansiedad, o derivar de factores sociales. “Hay un enorme vínculo entre enfermedad mental y el suicidio, y los estudios indican que hasta el 90% de los que fallecen sufrían alguna. Pero lo interesante es que hay mucha literatura también que señala que los factores sistémicos como las cuestiones económicas, de seguridad alimentaria, de violencia, de abusos o de adicciones afectan especialmente en adolescentes y en países en desarrollo”, señala la psicóloga, que matiza que el sufrimiento extremo que aboca a las personas al suicidio nunca depende de un solo motivo. “Siempre es la suma de varios factores”, detalla.

Audiolibro titulado 'El suicidio no debe ser un secreto', de la Asociación Sadag, en Johannesburgo.
Audiolibro titulado ‘El suicidio no debe ser un secreto’, de la Asociación Sadag, en Johannesburgo. Á. L.

El detonante identificado por Amanda fue el acoso escolar. “Los compañeros que son populares te juzgan, te quieren destrozar, te hacen sentir insegura. Yo no podía respirar, solo lloraba. Podía estar totalmente rodeada de gente, pero sentirme completamente sola”, recuerda la estudiante, que sintió conexión y empatía con una profesora que fue de las que más le ayudó. “A veces las pequeñas cosas significan muchísimo. Cada mañana recibía un mensaje suyo, y eso me servía”, detalla Amanda junto a su madre, consciente de que no todos los adolescentes encuentran en sus progenitores a un referente de ayuda. “Sé que hay padres que no saben gestionarlo, o que intentan que todo se resuelva cuanto antes, pero esto lleva su tiempo, y hay que reconocer también que a lo mejor no somos nosotros los que más podemos servirles, pero sí debemos estar a su lado”, aconseja la madre.

“El ritmo de crecimiento del cerebro afecta a su capacidad de juicio. El adolescente puede subestimar los comportamientos suicidas y pensar que no va a morir”

DOCTORA RENE NASSEN

Además de los cambios físicos vividos entre los 10 y los 19 años, la doctora Rene Nassen, jefa del servicio de Salud Mental Infantil y Adolescente del Hospital Lentegeur de Ciudad del Cabo detalla especificidades de este periodo en el desarrollo del cerebro: “Desde un punto de vista neurobiológico, el ritmo de crecimiento afecta a su capacidad de juicio. El adolescente puede subestimar los comportamientos suicidas y pensar que no va a morir, pero sí lo hace. También son impulsivos, o tienden a pensar de forma catastrófica”, explica la experta, que añade que durante ese tránsito todavía se completan las zonas del cerebro que permiten planificar y razonar de forma lógica. “La gestión de las emociones está desregulada también, por todo esto es tan importante hablar con ellos y tomarlos en serio”, propone Nassen en el hospital, donde participa en un innovador proyecto de musicoterapia para sus pacientes.

Un técnico de Sadag especializado en atender llamadas de estudiantes con tendencias suicidas, en la oficina de Johannesburgo.
Un técnico de Sadag especializado en atender llamadas de estudiantes con tendencias suicidas, en la oficina de Johannesburgo. Á. L.

“Es muy importante que los padres sean capaces de detectar los síntomas de depresión en sus hijos, para tratarla de forma adecuada y a tiempo”, señala Cassey Chambers, directora de la organización South African Depression and Anxiety Group (Sadag). “En zulú no hay ni siquiera una palabra para referirse a la depresión, no se percibe como una enfermedad real”, añade Chambers en su oficina de Johannesburgo, donde una decena de voluntarios y profesionales atiende una media de 500 llamadas telefónicas al día. En España, el Teléfono de la Esperanza ha abierto la línea 717 003 717 y la Asociación La Barandilla el 91 03 80 600.

La asociación sudafricana, fundada hace dos décadas, cuenta con un servicio especializado para estudiantes, muchos de ellos presionados por la inversión que realizan sus familiares para que cursen una carrera. Y además asesora y organiza talleres, campañas con personajes famosos o formaciones a periodistas para orientar sobre cómo informar en un país en el que los suicidios se publican en los medios. “Hay mucha desinformación, por eso consideramos interesante hablarlo, que se pueda identificar, hacer prevención en las escuelas, actuar antes de los hechos, no después”, dice Chambers, que detalla que en Sudáfrica, y siempre en líneas generales, en las zonas urbanas los detonantes están más vinculados a rupturas familiares, de relaciones sentimentales o de consumo de drogas. Y en las zonas rurales, a la pobreza, el VIH o la orfandad.

El pupitre vacío

El profesor Sadiki, director de una escuela de un suburbio de Johannesburgo, contactó con Sadag para que fuera a dar charlas al colegio después de que una alumna de 18 años se suicidara en marzo del año pasado. “Fue muy difícil de gestionar y teníamos que conseguir que los compañeros siguieran motivados para terminar el curso”, explica el director en el colegio. La imagen del pupitre vacío de la chica todavía afecta. “Perdí a una estudiante y eso es muy doloroso”, dice mientras busca la foto de la chica en su móvil. “La miro de vez en cuando y todavía no me lo puedo creer”, recuerda con un intermitente temblor en los labios. Él es un superviviente de un suicidio, como se identifica a los familiares, amigos, y personas cercanas a quien se mata. Ellos sufren “altos niveles de estrés, vergüenza, soledad… o se culpan” con la eterna pregunta en condicional de qué se podría haber hecho para evitarlo, según describe el artículo Lo que se deja atrás del suicidio, publicado por la escuela médica de la Universidad de Harvard.

Compañeras de centro escolar de una adolescente que se suicidó el año pasado, cerca de Johannesburgo.ampliar foto
Compañeras de centro escolar de una adolescente que se suicidó el año pasado, cerca de Johannesburgo. Á. LUCAS

En una clase, las compañeras de la chica que se suicidó, con la mirada bajada, reconocen que se quedaron en shock. “Parecía que estaba bien, hablaba con todo el mundo. Y ya no va a volver”, dicen cautas en frases sueltas. “El suicidio no es una solución. Se puede hablar con alguien en quien confiar. Entre nosotras hemos hecho una promesa. Si nos pasa algo vamos a hablarlo”, mencionan casi al unísono. “Si me hubiera matado, habrían ganado los que me acosaban”, reflexiona ahora Amanda. Como diría el pensador Noam Chomsky: “si asumes que no existe esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que existe un instinto hacia la libertad, entonces existen oportunidades de cambiar las cosas”. El diamante de Amanda no es una joya, lo más valioso para su vida es ese mensaje de tinta sobre la piel de su muñeca. Esperanza. Hope.

El País

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *