Una neblina silenciosa

La muerte voluntaria constituye un tabú desde tiempo inmemorial. En la Grecia clásica, se cortaba la mano del suicida y se enterraba aparte, y los funerales solían ser secretos y nocturnos, en un claro antecedente precristiano de la prohibición, adoptada en el medievo, de inhumar sus cuerpos en suelo sagrado. Se los trataba como a criminales. Sus cadáveres se arrojaban al muladar o se enterraban en las encrucijadas de los caminos o bien en lugares inaccesibles. Por así decirlo, estas prácticas constituían una especie de conjuro ante un acto considerado contra natura: si los dioses o el azar conceden el don de la vida, solo sería aceptable salir de ella por la misma puerta.

dibuix ex segon sexe de diumenge LEONARD BEARD PARA EL DOMINGO 16 09 2018

Incluso hablar sobre el asunto resulta incómodo. Los familiares tienden a echar tierra por encima debido al estigma que persigue a quien se quita la vida y a su círculo más próximo, una mácula que viene de antiguo. El escritor y poeta Ramón Andrés cuenta en el ensayo ‘Historia del suicidio en occidente’, revisado y reeditado hace un par de años bajo el título ‘Semper dolens’ (El Acantilado), un clásico imprescindible sobre la materia, explica, digo, que los allegados ya lo ocultaban en la baja edad media por la sencilla razón de que los bienes del suicida se incautaban e iban a las arcas del señor de las tierras o del monarca. Alfonso X el Sabio así lo decretó; de matarse alguien, “deuen tomar todo lo suyo para el Rey”.

También la cuestión sufre cierto ostracismo en los medios de comunicación. ¿Qué hacer ante el suicidio de un famoso? ¿Pasar de puntillas? ¿Debió silenciarse, por ejemplo, que el exdirigente de Caja Madrid Miguel Blesa, implicado en varios escándalos financieros, se quitó la vida en una finca de Córdoba hace un par de veranos? Existe el temor fundado de que este tipo de noticias produzcan una suerte de contagio en las personas con cierta propensión. ¿Qué hacer, pues? Sería muy necesario que el proyecto del Gobierno para la prevención del suicidio incluya directrices concretas para los informantes. Primera sugerencia: nunca comunicar el método empleado.

Fue la ministra de Sanidad dimisionaria, Carmen Montón, quien anunció el plan el 7 de septiembre, en vísperas del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, celebrado este lunes, y coincidiendo en el tiempo con las anomalías sobre su máster (¿qué diablos pasa en este país con los másteres?). En cualquier caso, sería deseable que la renuncia no diera al traste con el proyecto contra el suicidio, una epidemia silenciosa que causa en España una media de 3.600 muertes al año (35.000 en la última década), el doble que los accidentes de tráfico.

El bosquejo responde a una iniciativa lanzada en el 2013 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) con el objetivo de reducir un 10% la tasa global de suicidios en el planeta (800.000 al año) de cara al 2020. En el ejercicio de las comparaciones, España, con 8,7 suicidios por 100.000 habitantes, no sale demasiado mal parada, pero la preocupación radica en que la cifra permanece estancada desde hace años. No retrocede.

Resulta imposible explicar por qué se suicidan las personas. ¿Motivos? La depresión, el alcoholismo, el maltrato, los abusos sexuales en la infancia, el acoso escolar, los antecedentes familiares, la ruina económica… Existen circunstancias que predisponen y personas más vulnerables, pero no un patrón exacto y único. Se ha avanzado poquísimo en la comprensión científica del fenómeno y en el tratamiento a seguir, de ahí la necesidad de hacerle frente mediante un plan de choque basado fundamentalmente en la detección precoz.

Por circunstancias que no vienen al caso, he podido estudiar un poco la cuestión en los últimos cinco años, y todos, absolutamente todos los psiquiatras y técnicos consultados coinciden en señalar que la mayoría de quienes intentan quitarse la vida suelen dar pistas sobre sus intenciones, indicios a veces sutilísimos que a los profanos pueden pasársenos por alto. ¿Podría el plan divulgar pautas para la detección? Rara vez el suicidio responde a un acto impulsivo; suele ser premeditado en el tiempo. La clave está en hablar, hablar, hablar hasta la saciedad, y ante la mínima duda o señal de angustia acudir al especialista.

Existen también mitos espurios en torno a la decisión fatal de quitarse la vida que una información veraz ayudaría a erradicar. Ese halo romántico, heredado del siglo XIX, de reivindicar el suicidio como un acto de afirmación del yo. O cierta pátina de superioridad que quisieron imprimirle los existencialistas, Jaspers, Sartre, Camus, de objetivarlo como la única salida al absurdo de la vida, de equipararlo como el acto de libertad y valentía más antiguo de la humanidad. Y es falso (ojo, no estamos hablando de la eutanasia, sino de la desesperación). Lo aseguran quienes más saben: no hay sujeto más acorralado que quien se suicida.

EL PERIODICO

 

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