El enigma del suicidio

“Solo la pena de dormirse uno y despertarse y sentir una vida que no sabes de dónde te viene y que se irá sin que sepas por qué te la dieron y por qué te la quitan”. Es la angustia existencial del protagonista de ‘La mort i la primavera’, de Rodoreda, una novela atravesada por el deseo de muerte donde la vida se convierte en una amenaza constante. Podríamos pensar que es una necesidad, la de morir, derivada del sistema opresivo que rige la sociedad del pequeño pueblo inventado por la autora barcelonesa, un pueblo que podría desaparece si el río sobre el que flota lo arrastra, un sitio donde crecer significa tener que afrontar un ritual de paso que, en el mejor de los casos, tendrá como consecuencia la deformación del rostro. En ‘La mort i la primavera’ nadie puede acabar con la propia vida ni cuando quiere ni como quiere y puede que por esto mismo la vida resulte una carga pesada y la amenaza parece proceder del pulso incesante que late en hojas y flores, insectos, árboles y montañas o el agua cristalina.

La pugna entre muerte y vida no empieza cuando estamos a punto de morir, se produce todos los días en cada gesto, cada decisión que tomamos. Decidimos y estamos condenados a decidir si morir o vivir. Estamos del lado del goce, el placer, la alegría, la celebración de la vida o estamos del lado del miedo, la angustia, el pesimismo y el escepticismo existencial. Será esta una condición humana, puede que derivada del hecho de tener conciencia, pero no sé si disponemos todos del privilegio de escoger entre una cosa u otra.

El suicidio, tabú y misterio, es una posibilidad enigmática que cuando se produce cerca se parece mucho a un portazo contra la vida. Lo único que queda es un gran interrogante. Hay suicidios derivados del miedo a crecer, a aceptar que el tiempo, tarde o temprano, nos conducirá a una derrota segura. Está también el que provoca la resistencia a asumir las cargas de la vida adulta. O el que resulta de una angustia existencial insoportable fruto de situaciones sobrevenidas como la de perderlo todo, incluso la casa que es refugio e intimidad. Aquí el suicidio es consecuencia del desamparo, sabernos parte de un sistema en el que no parece que el sufrimiento interpele, donde alguien puede decidir expulsarnos de nuestro propio hogar sin que ningún mecanismo legal lo impida.

También está el suicidio que toma forma en la disfunción mental, sin motivos aparentes que los justifiquen. Un cerebro, por sí mismo, decide que la mejor opción es no vivir. Una mente enferma es un laberinto que puede convertir la existencia en una espiral claustrofóbica que va envolviendo al enfermo hasta presentarle la muerte como la mejor de las soluciones, como la única solución. Y a veces la enfermedad llega al punto de cortar los vínculos con los demás, dejándonos solos, ahogados en la propia angustia. El gran enigma, entonces, es el legado que heredan quienes se quedan.

El periódico

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