El suicidio en España acaba con la vida de una persona cada dos horas y media, más de diez al día, 3.600 al año

Es una realidad que ocultan la corrección política y los medios de comunicación. Peor que el terrorismo, los crímenes de violencia de género, los accidentes de tráfico, los homicidios criminales… El suicidio es la primera causa de fallecimientos por causas no naturales en España, con 3.602 muertes anuales, lo que supone un acto suicida cada menos de dos horas y media. Eso, si le damos credibilidad a los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), cuya metodología en este caso no merece mucho crédito a los especialistas, que opinan que los datos que llegan al citado organismo están viciados de origen y muchos suicidios son contabilizados como muertes accidentales, por lo que no dudan en arriesgar que habría que añadir 1.000 suicidios anuales más; es decir, un suicidio a la hora. Una cifra terrible que sería insoportable por cualquier otro motivo distinto a la enfermedad y que despertaría una alarma social, ahora adormecida por el silencio que le rodea.

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En España siempre ha habido un gran respeto por el suicidio. Incluso en la dictadura de Francisco Franco, cuando los Códigos Penales de muchos países democráticos aún lo criminalizaban, aquí no merecía reproche penal (sólo se castigaba el auxiliar al suicidio). Pero, eso sí, por temor a la imitación, había una orden a los medios de comunicación para silenciarlo, aún en los casos en los que el suicida fuera un personaje público. Eran tiempos en los que las autoridades no querían que ni el semanario de sucesos El Caso hablase de crímenes, dejándole -tras arduas negociaciones-, que tratase de un par a la semana. Algo de ese respeto sigue presente en la sociedad y los medios, pues, a pesar de la importancia objetiva de las cifras, sólo trascienden cuando se asocian a un fenómeno externo, como fue la ola de suicidios vinculados a los desahucios de las viviendas en los peores meses de la crisis económica.

Pero la realidad es que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. En 2015, último año en el que el INE proporciona datos, se suicidaron 2.680 hombres y 992 mujeres. Para apreciar la magnitud de estas cifras compárense con las de víctimas mortales de ese mismo año en otras circunstancias: 60 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas, dentro de un total de 285 homicidios en general, de los que 164 fueron hombres y 121 mujeres; cinco ciudadanos españoles fueron asesinados en atentados terroristas; 1.126 personas perdieron la vida en accidentes de tráfico en vías interurbanas y 608 fallecieron en accidentes laborales.

Ni debate, ni planes de prevención ni presupuesto pata evitar las muertes por suicidio

Todos y cada uno de esos capítulos, desde la violencia de género a la seguridad en el trabajo y, naturalmente, el terrorismo y la criminalidad común despiertan los lógicos debates en la sociedad, las consiguientes presiones a los dirigentes políticos y, finalmente, redacción de normas y habilitación de fondos que ayuden a paliar las muertes producidas en cada uno de ellos. Sólo las muertes por suicidio aparecen al margen de todos estos mecanismos, a pesar de ser notablemente superiores: ni debate, ni planes de prevención ni presupuesto pata evitarlas.

Ocurre como sucedía con las muertes por accidentes de tráfico hace unas décadas. En 1989, con un parque de vehículos que no llegaba a 15 millones de automóviles, se registraron 9.344 víctimas mortales en un panorama de indiferencia general, que parecía considerar “normal” el tributo en fallecimientos a la civilización del automóvil. La movilización de los medios de comunicación y de las Asociaciones ciudadanas se plasmó en el primer plan cuatrienal 1993-1996 de prevención de accidentes de tráfico, que se ha prorrogado por iguales periodos hasta el actual, 2017-2020. Los resultados en 2015: con un parque de vehículos de 27,76 millones, las víctimas descendieron a 1.126 personas y España figuraba como quinto país del mundo con mejor seguridad vial. Es decir, tres veces menos de muertes por accidentes de tráfico que por suicidios.

Pero, ahora, ese mismo interés social y gubernamental para frenar la sangría del suicidio es el que piden las Asociaciones de familiares de suicidas, las de supervivientes de suicidios frustrados y, en fin, las numerosas Fundaciones y ONGs de prevención del suicidio. Empezando por los estereotipos sobre la “cobardía” o “valentía” del acto en sí o el “egoísmo” del suicida.

Metodología registral

Tanto más urgen estas actuaciones gubernamentales cuanto que los especialistas creen que la cifra real de suicidios en España es mucho mayor que la que recoge el INE. Organizaciones como la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS), que desarrolla el conocido Teléfono de la Esperanza, incrementan el número tanto como en un 30% más; recuerdan que cuando se actualizó la metodología del registro en la Comunidad de Madrid, el número de suicidios aumentó un 250% de 2012 a 2013 y que al registro civil, y también al INE, llegan muchas muertes etiquetadas apresuradamente de accidentales por los Juzgados que las autopsias definitivas revelan ser suicidios. El Instituto de Medicina Legal de Sevilla realizó en 2007 un estudio comparativo de los datos de suicidios del INE con los de los Institutos de Medicina Legal de toda España que arrojó una cifra de 563 suicidios sin registrar.

Si se actualizara con rigor la inscripción registral de las causas de fallecimiento, seguramente España abandonaría el cómodo cuarto puesto por la cola en cuanto a número de suicidios en Europa, aunque, con eso y con todo, ocupa la franja intermedia en el “ranking” mundial y la baja en la europea, como el resto de países mediterráneos. En relación con Lituania, estado que encabeza la lista con mayor tasa de suicidios, con 28,6 por cada 100.000 habitantes, España computa 12,7 hombres y 4,1 mujeres, 16’8 totales por 100.000 habitantes.

No obstante, un reciente estudio de la Universidad de Cantabria establece para España una tasa media anual de 95 suicidios por millón de habitantes, una cifra moderada comparada con la tasa media mundial de 114 suicidios por cada millón de personas. Las investigadoras Maite Santurtún, Ana Santurtún y María Teresa Zarrabeitia, de la citada Universidad establecieron la existencia de una tendencia al suicidio descendente en personas de más de 64 años, un patrón estacional con máximos en verano y mínimos en otoño y una relación inversa entre el PIB per cápita y la tasa de suicidios de cada provincia, intensificado en los grupos poblacionales de mayor edad.

Las múltiples causas del suicidio

Las causas del suicidio aún no están del todo definidas, más allá de la relación obvia entre trastorno mental y suicidio, y son multitud de estudios los que establecen relaciones entre los múltiples factores que influyen en el riesgo de conducta suicida. En España, se ha analizado la distribución geográfica del suicidio, el patrón temporal y la relación entre suicidios y renta per cápita. En Europa, la mayor tasa de suicidios se produce en los países del este; en España, son las provincias de la Andalucía occidental y las gallegas de La Coruña y Lugo las que más suicidas albergan; al otro lado, Madrid, Palencia y Cantabria, las que menos.

Como suele ocurrir casi en todo el mundo -las pocas excepciones corresponden a países asiáticos-, el número de suicidas masculinos triplica a los femeninos y en ambos casos el mayor número de suicidios se concentra en los grupos de edad de 40 a 54 años, coincidiendo con épocas de fracasos vitales, desestructuraciones familiares, pérdidas de estatus profesional, etcétera.

Pero hay causas aún más sorprendentes: el psiquiatra José Alameda ha estudiado los suicidios en Andalucía entre 1975 y 2012 y descubrió que en las zonas de mayor altitud las tasas de suicidio son significativamente superiores a la media española. ¿La causa?: desde la falta de oxígeno a la pobreza de los pueblos de montaña, o quizá la menor concentración de litio en el agua potable, que disminuye con la altura; como se sabe, el litio es un metal que se receta para estabilizar el ánimo de los enfermos mentales y, en consecuencia, reducir las tendencias suicidas.

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